Día 1 – El Camino equivocado

Me habré dormido a las 5 a.m. A las 8:30 suena el despertador; lo aplazo hasta las 8:35 y luego hasta las 8:45. A las 8:50 me avisan los del alquiler de bicicletas que ya están afuera. “Desgraciados”, pienso, “quedamos a las 9”. Salgo a recibir la bicicleta y luego voy a desayunar a un café al lado del albergue. Cuando termino, ya es hora de hacer el check-out, así que me apuro.

Está nublado. Veo el pronóstico y dice que hay un 40% de probabilidades de lluvia. Me quedo en el albergue un rato más para cargar el celular y, al salir al patio, veo que llovizna. Nada grave. Puedo comprar un poncho impermeable en la tienda de deportes que está a cuatro cuadras. Sin embargo, justo cuando salgo a la calle y cierro la puerta detrás de mí, la llovizna se convierte en lluvia. De repente, todos caminan con paraguas. Me apresuro hacia la tienda, pero tras caminar una cuadra ya estoy empapado.

Me refugio bajo una cornisa, esperando que la lluvia cese, pero en lugar de eso, se intensifica. Esto parece que va para largo. En un arranque de valor, cruzo la calle hacia la cornisa de enfrente y piso un charco que me moja los zapatos. Ya estoy a dos cuadras de la tienda, pero la ciudad se ha convertido en una ducha. Al otro lado de la calle, veo un pasaje techado en la plaza de la catedral, un buen lugar para esperar a que pase la lluvia. Me quedo allí un buen rato, contemplando la posibilidad de quedarme una noche más en esta ciudad. Entro a la página del albergue y veo que está completamente reservado. De repente, noto que ha dejado de llover. Aprovecho la tregua y me apresuro hacia la tienda de deportes. Compro el poncho y, al salir, aún no llueve. Esta es mi oportunidad. Voy a avanzar aunque sea un poco hoy.

La ciudad más cercana es Zarautz, a 22 km, una hora y media en bici según Google Maps. “Voy a ir rápido”, pienso. Pongo la ruta en el mapa y emprendo el viaje. Está despejado. Sigo la ciclovía hasta llegar a un túnel solo para bicicletas. Increíble. Lo atravieso y sigo. El camino recto comienza a inclinarse, ligeramente al principio, luego más… y más. Ya no puedo seguir pedaleando. Me bajo de la bici y sigo a pie. Subo caminando y ruedo en las bajadas, o al menos ese era el plan, pero la subida no termina. De hecho, la pendiente aumenta. Pasan dos horas y aún no hay rastro de una bajada. Google Maps sigue diciendo que falta una hora para llegar, después de haberme dicho que llegaría en hora y media… hace dos horas.

El camino está desierto; soy el único aquí. Me empieza a dar hambre. Empiezo a cuestionar mis decisiones. Recuerdo las palabras del que me alquiló la bici, advirtiéndome que esa no era una ruta amigable para bicicletas. Recuerdo también al empleado de la tienda de deportes en Barcelona, contándome que él hizo esta misma ruta y que en algún momento comenzó a arrepentirse. Avanzo con dificultad. Cada paso pesa. Finalmente, diviso una bajada. “Ahora sí”, pienso. Me subo a la bici y desciendo. No dura ni 15 segundos y ya toca subir de nuevo. Finalmente, llego a la carretera después de atravesar un camino casi selvático. Google Maps dice que faltan 40 minutos. A mi ritmo, calculo que será al menos dos horas. Tengo hambre.

Por fin, me topo con un restaurante a las afueras de un pueblo y decido almorzar allí. Me sirven una entrada con arvejas. No es particularmente sabrosa, pero cumple su función: la ración es grande. Luego me sirven un filete de lomo con papas, y con eso recupero fuerzas. Había planeado avanzar al menos 50 km hoy, pero ahora creo que me quedaré en la ciudad que está a 20 km. No doy más. Fue demasiado.

Llego al hostel, me doy una ducha y salgo a dar una vuelta por la playa, que está a un par de cuadras. Sumerjo los pies en la arena y reflexiono sobre lo que estoy haciendo y lo que viene. Me gusta la costa. Me gusta el mar, pero tal vez este camino no es para mí.

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