Día 10 – El matacabras

Despierto temprano, incluso antes de que suene la alarma. La noche fue tranquila, a pesar de los ronquidos en la habitación. Aunque solo éramos tres personas, el coreano frente a mí roncaba por dos.

Saludo a Gary y le comento que tuve algunas pesadillas. Él, con una sonrisa, me responde:

—I’m a shouter too! (“yo también grito”)

Lo miro extrañado y entonces me cuenta que anoche, en el auge de la sinfonía de ronquidos del coreano, de repente me levanté de la cama y le grité:

—What the fuck?!

El coreano dejó de roncar de inmediato.

Considerando mi historial de sonambulismo, no me sorprende. Sin embargo, siento que le debo una disculpa al coreano, que ya se fue, así que tendrá que ser en otro momento.

Hoy acordamos hacer juntos la etapa, así que empacamos las cosas y vamos a desayunar en un café. Cae una llovizna suave pero persistente, sin indicios de que vaya a detenerse pronto. Nos ponemos los impermeables y emprendemos camino.

Gary me dice que la ruta del día ofrece dos alternativas: una directa y otra con un desvío de 8 kilómetros que pasa por Samos, un pueblo conocido por su gran convento. Dado el clima y considerando que voy viendo conventos cada día, decidimos tomar la ruta directa. Ahora toca estar atentos al mapa para elegir correctamente en la bifurcación.

Al salir del pueblo, el sendero se abre paso entre un bosque denso de robles y castaños, cuyas ramas entrelazándose por encima, forman un techo natural que tamiza la luz del sol en manchas doradas sobre el suelo húmedo. El aire huele a tierra mojada y a musgo, con un leve aroma a madera. El camino de tierra está suave por la llovizna de la mañana, y aquí y allá, las raíces de los árboles se asoman como venas que surgen del suelo, exigiendo pasos cuidadosos.

Los sonidos del bosque son una sinfonía tranquila: el crujir de las hojas bajo mis pies, el murmullo del viento que acaricia las copas de los árboles, y el canto distante de un arroyo que corre paralelo al sendero, escondido tras la vegetación espesa. Pequeños rayos de sol logran filtrarse entre las hojas. Más adelante, el sendero se estrecha, abrazado por muros de piedra cubiertos de musgo que rezuman humedad. 

Llegamos a una villa abandonada, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Las casas, envueltas en telarañas y abrazadas por enredaderas, muestran sus estructuras vencidas por el abandono. En una de ellas, me detengo y miro a través de una ventana rota: en el segundo piso, un auto rojo, totalmente abollado, descansa en el segundo piso, sepultado bajo vigas colapsadas. Es como si hubiera caído del cielo, atravesando el techo para quedar atrapado en el interior de la casa. La escena parece sacada de un sueño.

Seguimos avanzando y cruzamos un cementerio que marca el final de la villa. Las lápidas, desgastadas y cubiertas de musgo, emergen tímidamente entre la maleza, como si lucharan por no ser devoradas por la naturaleza que avanza implacable. Después, el bosque nos recibe de nuevo. Sus árboles se cierran a nuestro alrededor y el sendero se oscurece bajo la densa vegetación.

Tras recorrer algunos kilómetros más, llegamos a un pequeño poblado que parece marcar la bifurcación. Justo en ese momento, un hombre pasa caminando por la calle, así que aprovecho para preguntarle si sabe cuál es la ruta directa. Él se ríe y me responde que la ruta directa está mucho más atrás. A estas alturas, ya no tiene sentido regresar. Estamos en el camino que, con tanto empeño, habíamos intentado evitar durante toda la mañana.

Seguimos adelante un buen trecho más, hasta que finalmente llegamos a Samos. Desde la distancia, divisamos el famoso convento. La verdad es que es bastante grande. Sin embargo, decidimos no visitarlo. En su lugar, entramos a un bar para descansar. Pido una tortilla de papa y una caña. Gary toma un café. Al salir, cruzamos palabras con Judith, una peregrina alemana, que también está emprendiendo camino. Charlamos un rato y luego continuamos viaje juntos. 

La travesía se hace más llevadera a medida que cada quien comparte sus historias del Camino. Pasamos por una carretera y luego de vuelta al sendero entre los árboles, pasando por ríos y bordeando muros de piedra. Faltando poco más de un kilómetro para llegar, Judith nos dice que necesita descansar. Nos detenemos junto a un hito del camino y organizamos una pequeña merienda, cada uno aportando lo que tiene. Judith saca unas frutas frescas, Gary añade chocolate, y yo contribuyo con frutos secos.

En ese momento aparecen las canadienses, con quienes nos habíamos cruzado varias veces a lo largo del camino. Poco después, llega otro grupo de señoras estadounidenses junto a una peregrina más. Es el cumpleaños de una de ellas, así que improvisamos una pequeña celebración antes de seguir adelante hacia la recta final.

Poco a poco, las casas se hacen más frecuentes, y el entorno empieza a reflejar la cercanía de un pueblo. Pasamos por un patio cercado que alberga a un rebaño de cabras. Una de ellas resalta porque está trepada sobre unas piedras, comiendo los frutos de un árbol de cerezo.

Gary se despide y continúa camino, ya que hoy avanza hasta el siguiente pueblo. Judith y yo nos quedamos para alimentar a las cabras pequeñas que no logran alcanzar los frutos. Arranco unos cuantos frutos y se los doy a una de las cabras más pequeñas. El animal toma los frutos de mi mano con una delicadeza sorprendente. La observo encantado hasta que, de repente, comienza a atragantarse. Me paralizo por un instante, notando cómo otra cabra, más allá, arranca los frutos del árbol con igual delicadeza pero con el cuidado de separar las ramas. Es en ese momento cuando me doy cuenta: probablemente debí haber limpiado bien el fruto antes de ofrecérselo.

La cabra se sigue atorando, y mi impulso es ayudarla, pero una reja entre nosotros me lo impide. Aunque, siendo honesto, ¿qué podría hacer incluso si lograra alcanzarla? No tengo idea de cómo aplicar la maniobra de Heimlich a una persona, y mucho menos a una cabra. 

La situación me deja entre la impotencia y el absurdo, mientras intento pensar rápidamente en qué hacer, pero también pienso que las cabras son fuertes y que sobreviven a cosas peores. Las tres señoras canadienses llegan justo a tiempo para presenciar la escena y, mientras el herbívoro se recupera, una de ellas me bautiza como “Sergio, el matacabras”.

Suficiente drama con los chivos. Es hora de ir a descansar. Intercambiamos números y nos despedimos. Me registro en el hostel, me doy una ducha y como algo en el café de enfrente. Judith me manda un mensaje y quedamos en vernos. La acompaño a comer en un restaurante y luego vamos a caminar por Sarria. Pasamos por la iglesia, charlamos un rato y nos despedimos. Hoy juega España contra Italia, así que vuelvo al mismo café donde había comido más temprano para ver el partido.

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