Día 11 – La multitud

Hoy despierto un poco más tarde de lo habitual. Mis zapatos aún están mojados, a pesar de haberles puesto periódico el día anterior para que se secaran. Ya no siento dolor en los músculos, pero sí en la rodilla izquierda y además ahora tengo una ampolla en el pie derecho que está a punto de reventar. Le pongo un parche que me regaló Gary, esperando que sea suficiente para contener la ampolla por el día. 

Voy a desayunar a un café. No tienen muchas opciones, así que pido un sándwich de jamón y queso para poner algo en el estómago. Ahora sí, estoy listo para el Camino. Desenfundo el palo para caminar que compré ayer y opto por sostenerlo con la mano izquierda para amortiguar el dolor en la rodilla, ya que el dolor de la ampolla se va haciendo soportable.

Camino lento, buscando las flechas amarillas que guían la salida de Sarria. Cruzo un puente de madera y llego a un sendero arbolado cuesta arriba. Comienzo a ver a otros peregrinos, confirmando que estoy yendo por el sentido correcto. El Camino está más acaudalado hoy. Esta es una de las etapas más emblemáticas, especialmente para quienes comienzan su peregrinaje en Sarria, ya que desde aquí se cumplen los últimos 100 kilómetros necesarios para obtener la Compostela. A pesar del dolor en cada paso, hago un esfuerzo extra para adelantar a unas cuantas familias con niños, pensando que después de eso, el Camino estará despejado.

El sendero arbolado llega a su fin y me detengo para ponerme protector solar, antes de continuar el siguiente tramo por los prados gallegos. Apoyo la mochila sobre una roca y, después de ponerme el protector, me encuentro cara a cara con la planta que provoca picazón con apenas tocarla, que tuve el desagrado de conocer el día anterior. Lo tomo como el primer golpe de suerte del día, pero también como una advertencia.

Avanzo un poco más y, en una curva, me cruzo con un grupo de escolares que se están acoplando al Camino. A los cinco minutos, en otra curva que une dos caminos, aparece un grupo de personas uniformadas con una camiseta con el logo del Camino. Se acabó la paz. Camino entre ambos grupos por un trecho considerable, hasta que finalmente entro en calor y tomo un impulso para adelantarlos. Apenas los dejo atrás, diviso aún más grupos de gente adelante y me doy cuenta que el camino estará concurrido hoy. 

La ampolla se siente cada vez más. Voy casi por la mitad del camino, cuando noto que el agua se está acabando y que debo recargar. Llego a una zona poblada y encuentro un café, así que decido entrar. Cuando me voy acercando a la puerta, aparece la chica danesa que también hará una pausa. Nos saludamos y charlamos un rato mientras esperamos en la fila. Pido un una tortilla de patata y me siento con ella. Me cuenta que reservó un hostal en Portomarín, el siguiente destino, ya que piensa que será difícil encontrar cupos directamente en el lugar por la cantidad de gente. Luego de un rato, nos despedimos y continuamos.

Me entra el pensamiento que tal vez debería hacer una reserva para asegurar lugar esta noche. La señal de internet es pésima, así que no logro ni entrar a la aplicación para ver si hay disponibilidad. Ni modo. Algo encontraré. Emprendo caminata de nuevo y comienzo a sentir que ambos dolores, de la rodilla y el pie, se intensifican. Voy lento. Aprovecho las áreas con barro o con pasto para andar por ahí y amortiguar el impacto. No ayuda mucho, pero hace alguna diferencia. Me adelantan los uniformados, los colegiales, y absolutamente todos los que había adelantado ese día. 

En algún momento aparece una pareja que vi antes y me desea un buen Camino.

—Buen Camino… de nuevo —respondo.

Se ríen y recuerdan nuestro previo encuentro. Les pregunto acerca de sus tatuajes y, cuando ella me dice que el suyo representa un árbol evolutivo, la conversación se torna más profunda. Comenzamos a hablar de biología, física, historia y espiritualidad. El dolor pasa a segundo plano mientras compartimos nuestras experiencias. 

Aurelie y Fred me cuentan que vienen de Canadá y que son una pareja poliamorosa. Ella es partera y él es un Clown que trabaja con pacientes terminales. Ella trabaja con la vida y él con la muerte. Coincidentemente, ella está vestida de blanco y él de negro. Me cuentan que ellos están haciendo el peregrinaje acampando, y que por eso llevan mochilas tan cargadas. 

Los últimos kilómetros pasan rápido y, cuando nos damos cuenta, estamos en un puente cruzando el río Miño. Siento el viento fresco en la cara y escucho el suave murmullo del agua abajo. La vista es impresionante: el embalse se extiende con calma a ambos lados, reflejando el cielo y las colinas verdes que rodean el valle. A lo lejos, se divisa la silueta de Portomarín.

Al llegar al final del puente, nos encontramos con el inicio de una subida. Una escalinata de piedra marca la entrada al pueblo. El ascenso es breve pero empinado, y mientras subimos, el arco medieval que corona las escaleras nos da la bienvenida con su imponente presencia. Me despido de la pareja y cruzo el arco para entrar al pueblo. Ahora camino entre calles empedradas y las casas de piedra. Consigo un albergue inmediatamente sin problemas, cosa que era mi preocupación por la cantidad de gente que iba ese día. Me dan una cama en un cuarto con dos grupos de señoras, todas españolas, que entablan amistad instantáneamente. 

La tarde transcurre tranquila. Camino por el pueblo a un ritmo lento porque estoy cansado. Me detengo un rato en un parque con vista al lago y, después, voy a la farmacia a comprar una banda de soporte para mi rodilla. Judith me escribe un mensaje contándome que se ha tomado un día de descanso, así que probablemente no la vuelva a ver. Más tarde, me encuentro con las dos señoras andaluzas con quienes comparto la habitación, y salimos a comer algo juntos.

Por la noche, mientras me preparo para dormir, decido quitarme el parche que había puesto sobre la ampolla para dejarla ventilar un poco, ignorando el hecho de que el pegamento del parche estaba diseñado para durar varios días, por lo que estaba muy adherido. Justo en el momento en que estoy parado sobre un pie, con una mano sosteniéndome de la cama y la otra intentando despegar el parche, a punto de arrancarlo por completo, una de las señoras mayores me ve y, con prisa, me detiene, advirtiéndome que me haré una herida más grande y terminaré en emergencias.

Me siento en su cama y ella recorta los extremos del parche con cuidado. Luego me cura la ampolla con alcohol, mientras su amiga me recomienda comprar una plantilla. Estas señoras de 70 años ya han hecho el Camino tres veces y saben bien de lo que hablan.

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