Me despierto a eso de la 1:30 para ir al baño y apenas puedo levantarme. Todo el cuerpo me duele, aún más que cuando me fui a dormir. Apenas puedo mantenerme de pie, mucho menos caminar. Me ayudo con los brazos para incorporarme. La situación no pinta bien. En fin, no le doy más vueltas y vuelvo a dormir.
A eso de las seis, vuelvo a abrir los ojos. Se aproxima el momento de tomar una decisión. Considero la opción de tomarme el día para descansar y recuperarme. Eso implicaría un cambio drástico en mi itinerario, ya que tengo los días contados para llegar a Santiago. Aún me quedan 70 km por delante y solo tres días. Todo depende de cómo me sienta al levantarme, pero no tengo muchas esperanzas; hace apenas unas horas apenas podía ponerme de pie. Recuerdo que ayer compré plantillas nuevas y una almohadilla. Hoy es domingo y pienso en lo deprimente que sería quedarme en este pueblo. Me levanto y siento que sigo adolorido, pero, para mi sorpresa, puedo caminar.
El alemán, que ya se está alistando, lanza un comentario sobre lo bien que caminará hoy. Con eso se me colma la paciencia y termino de armarme de valor. No es una competencia, pero no voy a dejar que ese alemán me gane. Me alisto y, por primera vez como peregrino, decido contratar el servicio de transporte de equipaje entre etapas. Encajo todo en una bolsa de plástico, la amarro bien, anoto la dirección de destino en el sobre de la empresa y dejo los 5 euros de comisión. Hoy toca la jornada más larga del Camino: 32 kilómetros. Es una gran diferencia, considerando que hasta ahora venía caminando un promedio de 20 kilómetros por día. Hoy voy a llegar como sea, aunque tenga que ser en ambulancia.
Voy a un café a desayunar. La atención es un poco ruda, pero la comida es justo lo que necesito. Parto y, mientras atravieso el parque donde los canadienses se dieron el buffet de plantas el día anterior, me encuentro con las españolas. Caminamos juntos un rato y les digo que se adelanten con la excusa de que me quedaré a estirarme. En realidad, intento seguirles el ritmo, pero no lo logro. Hago una pausa y luego sigo. Voy lento, admirando el paisaje mientras todos —niños y ancianos— me adelantan poco a poco.
Después de casi dos horas, los canadienses me alcanzan. Se ven motivados. Charlamos un rato y les digo que se adelanten. Me dicen que buscarán un café para desayunar. Más adelante, entablo charla con una pareja de italianos. Me cuentan que viven en Valencia y me recomiendan algunos ejercicios de estiramiento. Eventualmente, llegamos a un café donde deciden parar. Justo es el mismo café donde están Aurélie y Fred, así que entro también. Encuentro a la danesa sentada en una mesa. Charlo con ella sin saber que sería nuestro último encuentro, y luego me uno a los canadienses.
Pruebo por primera vez la famosa tarta de Santiago y la hora se nos pasa entre conversaciones sobre sueños recurrentes y su significado.
Hemos estado sentados tanto tiempo que mi cuerpo se enfría y me cuesta volver a ponerme de pie. Seguimos caminando juntos. El trayecto se hace más llevadero entre charlas. Nos detenemos un par de veces para que Fred tome fotos con su cámara analógica. Aurélie menciona que le duele la cadera. Es mediodía y el sol pega fuerte. Atravesamos un puente de piedra y llegamos a Melide, el municipio que marca la mitad de la etapa. Les propongo almorzar en un restaurante famoso por su pulpo a feira, una especialidad gallega. Los últimos pasos hasta la pulpería, bajo el sol abrasador y sin sombra, se hacen eternos. Finalmente llegamos y pedimos unas cañas mientras esperamos la comida.
Nunca fui muy fanático de los mariscos, pero el pulpo está exquisito. Tenía mucha hambre.
Después de comer, seguimos más pesados por el descanso. Aún quedan cuatro horas para llegar. La salida del municipio es cuesta arriba y el sol golpea aún más fuerte. A Aurélie le duele más la cadera y Fred se ofrece a llevar ambas mochilas. Vamos lento. Nos adentramos en un sendero boscoso y llegamos a un café donde ellos deciden descansar. Para no perder el ritmo, sigo solo.
Me pongo música en los auriculares y apresuro el paso. Adelanto a un grupo de escolares y quedo solo nuevamente. Hace calor. Llego a un poblado, encuentro un chorro de agua y me mojo la cabeza. Continúo al costado de una carretera hasta que una señora sale de su casa y me dice que no voy por el camino correcto. Me señala la ruta y regreso al sendero.
Paso por una iglesia y luego entro a un sendero forestal. Voy lento pero constante. De repente, una mujer me adelanta con paso firme. Para romper el hielo, le pregunto de dónde viene y dónde empezó el Camino. Me dice que se llama Lora y que vive en San Diego. Comenzó en Saint-Jean-Pied-de-Port, en la frontera francesa.
Me da la impresión de que ella no quiere hablar mucho, y lo entiendo. Al poco rato, ella se detiene para descansar y me despido, tomándolo como una señal para que cada quien siga por separado.
El trayecto se torna en pendiente cuesta arriba. Voy lento, pero intento no detenerme. A los minutos, veo nuevamente a Lora que me da alcance y me pregunta acerca de mi Camino. Le cuento mi historia y, de un momento a otro, se empieza a reír a carcajadas. Se nota interesada, así que empiezo a entrar en detalles y se ríe aún más.
Me pregunta cómo es posible que haya llegado hasta este punto y me dice que soy la persona menos preparada que ha conocido en el Camino. Me cuenta que ya está harta de las personas irritantemente preparadas, que pensaron en absolutamente todo, y que critican por cada cosa insignificante. Conectamos al instante. Me cuenta que tiene 48 años y yo, incrédulo, le digo que el agua en California debe ser muy buena.
Las cuestas del trayecto se hacen más llevaderas con las risas y, faltando ya poco menos de una hora para llegar, encontramos un bar con un letrero que nos asegura que una cerveza nos dará “la fortaleza” para hacer él último tramo, así que hacemos una pequeña pausa. Estamos en el patio, desde donde se divisa Arzúa, el destino del día. Parece que está cerca, pero aún queda una bajada seguida por una pronunciada subida.
Hago un esfuerzo inhumano para levantarme de la silla, ya que mis piernas ya no dan más del cansancio. Lora se caga de risa y me da ánimos. Partimos. Avanzamos rápido en la bajada, a pesar de la carga en las rodillas con cada paso. La subida es otra historia. Vamos a pasos lentos hasta que finalmente llegamos a un poblado y Lora, toda feliz pensando que ya estamos en Arzúa, me dice que intercambiemos números para seguir en contacto. Yo le doy mi número y seguimos caminando hasta que el poblado se acaba y se da cuenta que todavía no llegamos. Yo le digo que aún nos queda como media hora de caminata y le tiro unas bromas por despistada.
Finalmente, llegamos a Arzúa y cada quien va a su albergue. Pongo la ropa en la lavadora y me doy una ducha. Veo que mi ampolla ya se ha curado. Tengo hambre, así que me dirijo a un restaurante turco para comer un kebab. A lo lejos, veo a Lora y su grupo caminando por el pueblo, visiblemente felices. Me tomo mi tiempo para llegar al restaurante, ya que cada paso se siente, especialmente ahora que ando en chancletas para ventilar los pies.
Hoy es San Juan, y hay un grupo de gaiteros tocando en las calles. Se ve humo en el aire y, de rato en rato, se escuchan fuegos artificiales.






