Me despierto temprano porque sospecho que hay chinches y no puedo dormir tranquilo. Son las cinco de la mañana y decido levantarme de una vez porque tengo que salir de todos modos. Confirmo mi sospecha al ver una chinche gorda al lado de mi cama. La aplasto y está llena de sangre. Saco todo lo más rápido que puedo y me voy a la cocina para terminar de empacar.
Soy el primero en salir del albergue. Como ya es costumbre, busco un café cercano para desayunar antes de arrancar. Comienzo a paso lento, como siempre. El camino está despejado, así que avanzo un buen trecho sin ver a mucha gente, algo inusual a estas alturas del Camino.
Voy por un sendero rural y boscoso, entre robledales y eucaliptales, cuando me adelantan unos ciclistas. Más tarde, también me sobrepasa Friederike, una señora francesa de 80 años que es parte del grupo de Lora. La reconozco por la descripción que me dio ella de su amiga. La alcanzo para saludarla, interrumpiendo brevemente su ritmo para tomarnos una foto y enviársela a Lora. Luego se adelanta nuevamente y la pierdo de vista.
Voy por la mitad del camino cuando decido parar para comer algo. Mis pies y rodillas están adoloridos, pero ya acostumbrados. Después de levantarme, me cuesta retomar el ritmo. Siento las rodillas pesadas, pero sigo lento y constante. Me estiro un poco y aumento la velocidad.
El sol está extremadamente fuerte, justo hoy que decidí ponerme un short. Me detengo para aplicarme protector solar, aunque ya es tarde porque las pantorrillas me arden. En ese momento, una señora me alcanza y, con tono de preocupación, me dice que mis piernas están muy rojas.
Seguimos caminando juntos y me cuenta que es de Alemania, así que comenzamos a hablar en su idioma. La charla abarca temas familiares y políticos. En un momento, mientras cruzamos la carretera, un bus se acerca y ella me dice con seriedad:
—Achtung! (“Cuidado!”)
Después de unos kilómetros, paramos en un restaurante porque ella quiere comer algo y me dice que me invita. Pido una tortilla de patata y una caña. Me cuenta que hoy terminará su etapa en este pueblo. La acompaño hasta su albergue, que está a unos cuantos metros, y al despedirnos me regala una crema para las quemaduras.
El día se vuelve cada vez más caluroso. Veo un hito que marca los últimos 45 kilómetros para llegar a Santiago. Cada paso se siente con las zapatillas urbanas que llevo. Me encuentro con las españolas, que me cuentan que hace rato vieron a los canadienses y que iban con prisa. Me alegra saberlo, ya que pensaba que tal vez no los volvería a ver.
Paso por un tramo cubierto de árboles antes de llegar a una bifurcación engañosa. Las flechas amarillas marcan el Camino, pero siento que ya debería estar cerca del final de la etapa. Toca ver el mapa en el celular para descubrir que debo tomar un camino alterno, algo escondido, para entrar a O Pedrouzo, el destino del día.
Llego al hotel que tengo reservado; a diferencia de otros días, esta vez tengo una habitación privada. Dejo mis cosas y voy a la lavandería, que queda a unas cuadras. Mis pies laten de dolor, aún más ahora que ando en chancletas, pero es necesario ventilarlos. Camino a un ritmo extremadamente lento. Meto toda mi ropa y mi mochila en la secadora para eliminar cualquier rastro de chinches que haya podido traer conmigo.
Ya es tarde, así que tengo pocas opciones para almorzar. Los restaurantes abren recién en una hora, así que opto por ir a un supermercado cercano para comprar algo para picar mientras tanto. El sol sigue intenso en el cielo y O Pedrouzo no es precisamente un pueblo con muchos árboles.
Cada paso quema. No solo por el dolor, sino también por el calor del asfalto. El viaje al supermercado se hace eterno. Finalmente llego y, al entrar, me recibe una gloriosa corriente de aire acondicionado. Nunca había apreciado tanto el microclima de una corporación.
Doy vueltas y vueltas por los pasillos, viendo cada producto y analizando mis opciones. Veo un budín proteico, pero tendría que volver al hotel para comerlo ya que no tengo cuchara. También veo algunos platos preparados que requerirían calentarlos, lo que implicaría regresar al hotel. A estas alturas, volver al hotel no es algo que quiero hacer.
Después de inspeccionar cuidadosamente todas las posibilidades, termino eligiendo una banana. Voy a la caja para pagar y me dicen que no aceptan tarjeta. Usé todo el efectivo que traía en la lavandería, así que no me queda otra que irme con las manos vacías.
Salgo a la calle y el golpe de calor me recibe de nuevo. Me doy cuenta que pasé tanto tiempo dando vueltas en el supermercado, que los restaurantes ya están próximos a abrir. Me dirijo a un local y me acerco a la barra para preguntar si tienen la cocina abierta. De la nada, unas señoras mayores que estaban sentadas me dicen, con tono crítico:
—Estás muerto de cansancio.
Les digo que acabo de caminar 500 kilómetros, y me responden que ellas caminaron más y están bien. No sé en qué momento les pregunté, así que las ignoro y me voy a sentar. Al buscar una mesa, veo al coreano a quien le grité en sueños hace unos días. Me acerco y le pregunto si puedo sentarme con él. Acepta.
Pedimos algo para comer y nos sirven una porción diminuta con un platillo minúsculo de papas fritas para compartir. Él apenas habla inglés, así que nos entendemos con el traductor y señas. Me pregunta sobre Bolivia. Me cuenta que vive en Seúl y trabaja como cartero. Me disculpo por haberle gritado aquella noche. No sé si me entendió, pero siento que no le importa. Charlamos, nos reímos un rato y nos despedimos.
Vuelvo al hotel para dejar la ropa y me pongo a planear cómo regresar a Barcelona después de llegar a Santiago. Faltan solo dos días y tengo pocas opciones. Los vuelos directos, que antes costaban 50 euros, ahora cuestan 650, más que un viaje intercontinental. Después de analizar varias opciones, opto por viajar a Oporto, pasar una noche allí y tomar un vuelo directo a Barcelona al día siguiente.
Recibo un mensaje de Lora diciéndome que está en un bar cerca, así que voy a alcanzarla. La encuentro sentada con sus amigos, de los que tanto me habló. Me los presenta y la conversación fluye. Pruebo un par de cervezas españolas y, más tarde, el resto del grupo se va y quedamos solos. Ambos estamos agotados por la ola de calor.
Le digo que nos vayamos y, al cruzar la carretera, un bus se acerca. Lora me dice con tono despreocupado, casi burlón:
—But don’t get hit by the bus, duh.
Me detengo y ella me reitera:
—Has llegado muy lejos, no es momento para que te atropelle un bus.





