Hoy me despierto tarde, o al menos lo intento, ya que tengo el cuarto de hotel para mí solo. Desayuno en un café que tiene buena pinta y luego parto a eso de las 8. El día está nublado, ideal para caminar. Esta vez voy a un paso más rápido que ayer. Son los últimos 18 kilómetros. Siento algo de dolor, pero nada comparado con los días anteriores. Camino solo la mayor parte del tiempo. Me siento ligero. Esta vez no me detengo a la mitad, solo hago una pausa para recargar agua faltando 12 kilómetros.
Al pasar por un pueblo, noto que hay menos peregrinos y ya no veo flechas amarillas, así que le pregunto a un local si voy en la dirección correcta. Me dice que no y me señala el camino adecuado. Salgo del pueblo y me toca una pendiente. Estoy con menos energía, pero sigo constante. La subida parece interminable. Me empieza a dar hambre, así que decido comer algo antes de llegar. Encuentro un restaurante, pero me da mala espina, así que salgo y continúo. Gran decisión, porque a los pocos minutos llego al Monte do Gozo, el final de la subida.
A lo lejos, por primera vez, veo la ciudad de Santiago de Compostela, semioculta por la neblina. Escribo a Lora para preguntarle dónde está y me dice que no tuvo una buena noche y que no se siente muy bien. Se detuvo a unos 4 km para tomar una cerveza y recuperarse un poco. Me dice el nombre del restaurante donde está y veo que me queda a 5 minutos, así que voy a su encuentro. La encuentro sentada, decaída. En cuanto me ve, se levanta para darme un abrazo. Pido una cerveza y la acompaño. Le cuento mi día y ella me cuenta el suyo. Reímos y, después de un rato, me dice que ya se siente mejor. Nos levantamos y continuamos.
Estamos entrando en la ciudad, así que el paisaje es distinto. Las flechas amarillas se camuflan entre la señalización urbana, así que debemos estar atentos para no perdernos. Los últimos kilómetros son amenos. Vemos la catedral a lo lejos. Ya estamos cerca. El dolor en los pies y las rodillas se desvanece. Me siento renovado. Entramos en el casco viejo. Caminamos lento mientras recapitulamos la travesía. Hay sentimientos encontrados. Queremos llegar, pero a la vez no queremos que se acabe. Se empieza a escuchar el sonido de una gaita, cada vez más cercano. Pasamos por una plazuela detrás de la catedral. No puedo creer que estos sean los últimos pasos, después de dos caminos y 500 kilómetros. Cuando empecé, no pensé en llegar porque parecía muy lejano.
Finalmente, bajamos unas escaleras, pasamos por un túnel y ahí está. Me tomo un momento para procesar dónde estoy. El templo es enorme. Hay gente admirándola; algunos lloran, otros se abrazan. Se siente una energía única, vibrante y melancólica. Por fin hemos llegado a Santiago de Compostela.
Tomamos unas fotos en la catedral y al rato aparece Mary, una amiga de Lora. Vamos los tres a un bar a tomar una cerveza. Charlamos un rato y Mary me cuenta que es campeona de scrabble. Luego nos dispersamos y quedamos en vernos más tarde.
Me dirijo a las oficinas para obtener la Compostela, el certificado que te otorgan al finalizar el Camino. Explico que empecé en el Camino del Norte y que en total recorrí 500 kilómetros, pero me dicen que solo pueden poner un camino. No me importa, lo escribiré a mano después.
Regreso al hostal y duermo 10 minutos. Luego salgo a dar una vuelta por la ciudad. Está lloviznando, así que no hay mucha gente en la calle. Vuelvo a la plaza de la catedral para contemplarla un poco más. Aún estoy procesando todo lo que ha pasado. Hablo con Lora para vernos y comer algo. Me dice que está en un restaurante pasando el tiempo.
Entro y la encuentro tomando una copa de vino. La acompaño y me dice que reservó mesa en el restaurante italiano de al lado. Faltan 30 minutos, así que hacemos tiempo. Luego vamos. Pedimos pizza, pasta y vino. Nos quedamos hasta tarde charlando y recordando los grandes momentos. Me cuenta cómo una señora criticó su bastón de caminante y yo le cuento que a mí también me criticaron. Nos reímos. Luego me habla de la pandemia, su hijo y las razones por las que decidió hacer el Camino.
El restaurante cierra y somos los últimos en salir. Caminamos un rato más y nos damos un abrazo de despedida. Me invade la nostalgia. Es medianoche y voy a buscar a los canadienses, que me dijeron que estarían en un bar. Llego justo cuando están saliendo. Me apresuro para darles alcance y los abrazo con emoción. Vamos a otro bar y tenemos una última charla, tan interesante como siempre. Hablamos sobre lo que hemos aprendido en el Camino y les expreso mi gratitud por haberlos conocido. Nos despedimos con un gran abrazo.
Las calles están vacías y mojadas por la llovizna. Me pongo música y camino al hostal mientras proceso todo lo que acaba de suceder.









