Día 2 – Cambio de planes

Despierto temprano. Como nunca. A las 6 a.m. ya estoy arriba. Había visto que el resto del Camino del Norte es 90% cuesta arriba, así que decido reformular el plan y tomar otro camino. Tomo el tren de vuelta a San Sebastián. Solo 22 minutos de viaje para lo que me había tomado casi 5 horas en bici.

Tenía la intención de ir a Pamplona, pero como ver mapas y hacer planes no es mi especialidad, compro pasajes para Burgos, mi punto de partida en el Camino Francés. El tren parte a las 11, pero recién son las 8, así que voy a desayunar al mismo café donde desayuné el día anterior, al lado del albergue.

Ya que tengo tiempo, doy una vuelta por la costa, algo que no hice el día anterior. Me quedo un buen rato apreciando el paisaje, despidiéndome del mar, ya que no lo veré más por un tiempo. Ahora toca adentrarse en el continente.

Veo a la gente nadar, caminar por la arena o simplemente sentarse a contemplar las olas. Pienso que me gustaría pasar más tiempo en el mar y que tal vez podría quedarme más adelante en una ciudad costera durante mi viaje. En eso, siento que empiezan a caer unas gotas. Miro hacia arriba y el cielo está gris. Esta vez no me quedaré atrapado bajo la lluvia, así que le doy una última mirada al mar y me dirijo hacia la estación de tren.

Tras un viaje de 4 horas, llego a la estación de Burgos. Son las 2 de la tarde, así que opto por comer algo. Encuentro un lugar decente a unos 15 minutos en bici. Mientras voy, noto que la ciudad está bastante vacía. Me imagino que todos duermen la siesta a esa hora.

Cuando llego al restaurante, me dicen que la cocina ya está cerrada y que solo puedo pedir lo que hay en el mostrador. Como unas raciones de pan con anchoas y continúo pedaleando. Sigo en la ciudad, pero siento que la ruta es mucho más amigable para bicicletas. El terreno es relativamente plano.

Finalmente llego al punto donde termina la ciudad y comienza una senda de grava con flores a los costados. Flechas amarillas en letreros azules marcan la dirección correcta y veo peregrinos caminando con mochilas. Por primera vez, siento que estoy realmente en el Camino de Santiago. Estoy solo, pero me siento acompañado. Sin saberlo, estoy comenzando en una etapa del Camino que muchos peregrinos prefieren evitar: La Meseta.

Más adelante, veo a un señor a orillas del camino reparando algo en su bicicleta. Le pregunto si necesita ayuda, a lo que él me agradece y me dice que no. Continúo y, al rato, hago una pausa para sacar un snack de la mochila. En ese momento, llega el señor que había encontrado antes y se detiene para preguntarme si necesito ayuda. Le digo que no y nos ponemos a charlar.

Me cuenta que viene de Cantabria y que también está haciendo la ruta en bici. Me pregunta a dónde me dirijo hoy y le digo que planeo avanzar unos 50 km más. Él me dice que hoy solo hará 20 km. Luego saca un mapa de su mochila y me muestra la ruta que planea seguir. Decidimos continuar el viaje juntos.

Pasamos por campos de trigo, sendas y pueblos sacados de una pintura. De alguna manera, me hacen olvidar el cansancio y me dan energía para seguir. Finalmente llegamos a una cumbre cuyo descenso está bautizado como el “Mata Mulos”, según indica un letrero. Efectivamente, es una bajada pronunciada.

Al rato, llegamos a un pueblo pequeño llamado Hornillos del Camino. Nos instalamos en un albergue escondido pero cómodo, y vamos a cenar algo. Jose Carlos Argos, el español, me muestra nuevamente su mapa y comenta que hay una ruta más apropiada para bicicletas en el trayecto de mañana. Decidimos continuar juntos al día siguiente y nos vamos a descansar.

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