Despierto a las 7 a.m. Desayunamos y partimos junto a Argos. El plan de hoy es pedalear 45 kilómetros hasta Frómista. No soy un ser mañanero, así que arranco lento. El sol recién está saliendo y hace algo de frío. El camino comienza con una subida, algo que luego aprendería que es habitual al salir de un pueblo, así como las bajadas antes de llegar.
La primera mitad transcurre bastante bien. Con toda la energía. Vamos por caminos de tierra y grava. Llegamos a Carrión de los Condes, un pequeño municipio. Hacemos una pausa y, mientras Argos hace una llamada, se me ocurre la brillante idea de comer una lasaña. El plato es excepcionalmente contundente. Puro queso. Pura masa. Al terminar, estoy reventado. Continuamos el viaje. A partir de ahí, tomamos una ruta alternativa por carretera, ya que la ruta principal no es muy adecuada para bicicletas.
La segunda mitad es uno de los trayectos más difíciles que me ha tocado hacer en todo el Camino. Aunque vamos por asfalto, la carretera es interminable y, antes del viaje, no me había subido a una bici en todo el año, así que mi preparación física no es precisamente óptima. El sol está fuerte y no hay ni un árbol a la vista. Llevo el sombrero para no quemarme, pero el viento me lo pega en la cara y me quita visibilidad. Igual no importa. Voy a 2 km por hora. La pendiente es ligera pero infinita. No hay señales de bajadas. El paisaje está dominado por campos de trigo. Argos se adelanta tanto que lo pierdo de vista.
Finalmente, tras una intensa pedaleada, llego a Bocadillos del Camino, un pequeño pueblo donde encuentro a Argos esperándome en un banco. Vamos a la plaza a hacer una pausa. Apenas puedo mover las piernas al bajarme de la bicicleta. Aun así, estoy contento de haber llegado. Sé que falta para el destino final del día, pero necesitaba ese descanso. Entro al bar a comprar unas cañas y, al salir, me golpeo de frente con la puerta de vidrio. Derramo algo de cerveza, pero me apresuro a salir como si nada hubiera pasado.
Cuando alcanzo a Argos en la plaza, lo encuentro mirando hacia arriba. Me dice que observe. El cielo está lleno de cigüeñas y una de ellas está por aterrizar en su nido. Nunca antes había visto una cigüeña. Es un animal imponente, y su nido no se queda atrás: una estructura colosal sobre el techo de la catedral.
Toca continuar. Quedan los últimos 5 kilómetros hasta Frómista, el destino del día. El último tramo es un sendero arbolado. La sombra aligera el viaje. En algún momento tenemos que desviarnos por unas construcciones en las vías del tren, pero finalmente llegamos. Nos registramos en el albergue municipal y me doy una ducha rejuvenecedora. Voy a la lavandería a lavar mi ropa, aprovechando que el sol está fuerte. Charlo con un peregrino que estudia para ser sacerdote y luego caigo tendido en un sofá del patio. Duermo una siesta para recargar energías. Ya me siento mejor. Son las 4 de la tarde, pero por el cansancio que llevo, siento que son las 11.
Más tarde vamos a cenar con Argos. Al volver al albergue, le menciono que no vi sábanas en nuestro cuarto. Mi amigo, con seriedad, me pregunta si no traje una bolsa de dormir, evidenciando una vez más mi falta de preparación para el Camino. Ya me hacía a la idea de dormir con ropa, pero se me ocurre preguntarle a Carmen, la dueña del albergue, si puede alquilarme sábanas. Al ver que no traigo nada, me dice que me prestará una colcha suya. Son las 10 p.m. y todos ya duermen en el cuarto de 12 camas. La luz del sol sigue radiante en el cielo y caigo en cuenta de que hace días que no veo la oscuridad de la noche.









