Despierto a las 6:40 a.m., incluso antes de que suene la alarma. Me siento fresco. Preparamos las bicis y partimos. Mientras pedaleamos para salir del pueblo, Argos me dice que no puede creer que no esté usando casco. Cabe mencionar que tengo uno guardado, pero he estado usando sombrero para no quemarme. Argos me advierte que podría recibir una multa de 200 euros si la Guardia Civil me ve así. No tenía idea de esto, así que no lo pienso dos veces: saco el casco de la alforja y me lo pongo.
Seguimos avanzando y, cinco minutos después, por primera vez en los cuatro días que llevo haciendo el Camino, aparece un vehículo de la Guardia Civil. Media hora después, pasa otro. ¡De la que me salvé!
Pedaleamos 12 kilómetros hasta llegar a un pequeño pueblo, donde encontramos un café y decidimos parar a desayunar. La bicicleta se siente ligera y yo estoy lleno de energía. Al retomar el camino, mi compañero nota que mi indumentaria no es la más adecuada para andar en bici. Le respondo con una sonrisa que probablemente soy la persona menos preparada que haya conocido para hacer el Camino. Él se ríe y me dice que sí, pero añade que tengo algo a mi favor: soy increíblemente intrépido al lanzarme así.
El trayecto de hoy es relativamente plano, pero largo. Gran parte del tramo pasa junto a la carretera y luego nos adentramos en un camino romano. Es un sendero de tierra, con árboles a un solo costado, lo que genera una sombra parcial que no alcanza a protegernos del intenso sol. Al final del sendero encontramos una taberna, donde hacemos una corta pausa para disfrutar de la primera caña del día. Luego seguimos.
Volvemos a pedalear por un sendero que corre junto a la carretera. En un momento, saco el celular para tomar una foto, pierdo el control y termino cayendo en la cuneta al costado del camino. Me levanto rápidamente, sin mucho dolor. Creo que tuve suerte, ya que no me rompí nada. Sin embargo, los problemas no tardan en aparecer: la llanta comienza a desinflarse y me doy cuenta de que no tengo inflador.
Mientras trato de resolver la situación, me percato de que Argos se ha adelantado tanto que lo pierdo de vista. Por suerte, tengo su número guardado y lo llamo. Me pregunta si puedo llegar hasta donde está y, tras evaluar el estado de la llanta, le respondo que creo que sí. Pedaleo aproximadamente un kilómetro hasta alcanzarlo. Cuando llego, lo encuentro hablando por teléfono. Estaciono la bici, toco la llanta, y él, sin inmutarse, me dice: “Está pinchada”.
Puteo un rato, pero recuerdo que los que me alquilaron la bici me dieron un aerosol que, supuestamente, repara daños leves. Lo uso y logro inflar un poco la llanta para seguir. Sin embargo, al cabo de un rato, la llanta vuelve a desinflarse. Afortunadamente, estamos pasando por un pueblo, así que nos detenemos en un pequeño parque.
Argos me pregunta si alguna vez he reparado una llanta. En ese momento, un recuerdo de mi infancia me invade: una tarde soleada en el jardín de mi casa. Mis perros jugaban cerca, se aproximaba la hora del té y mi padre me enseñaba pacientemente cómo parchar la cámara de mi bici. Respaldado por ese recuerdo, le respondo con seguridad que sí.
Me pongo manos a la obra, pero pronto me doy cuenta de que solo recuerdo el clima, los perros jugando y la hora del té… pero no el procedimiento exacto para reparar la llanta. No tengo idea de por dónde empezar.
Guiado por el método científico, intento sacar la cámara de la rueda con las manos, sin éxito. “Nunca has reparado una llanta”, dice Argos con seriedad. Finalmente, dejo de lado el orgullo y le pido ayuda. Lo hace rápidamente y, mientras guardo las cosas, me dice que continuará antes de enfriarse. Mientras se aleja, le doy las gracias. Él, con una sonrisa, responde: “Somos compañeros, después de todo”.
Lo alcanzo más tarde y continuamos. Ya no queda mucho, pero el viento en contra se intensifica. Estaba seguro de que los últimos 10 kilómetros serían fáciles, pero me equivoqué. La ráfaga y la pendiente hacen que la recta final sea interminable.
Finalmente, llegamos a Sahagún, nuestro destino del día, y buscamos un albergue donde pasar la noche. Al llegar, noto un letrero que indica que no hay espacio, y le digo a Argos que deberíamos buscar otro. Sin embargo, él decide preguntar de todos modos. Para mi sorpresa, aún quedan dos plazas en una habitación de tres camas. Una mejora significativa tras haber dormido en habitaciones con al menos diez personas.
Me ducho y voy a la cocina a merendar. Allí, converso con una mujer de Nueva York. Más tarde, Argos me dice que debemos apurarnos para ver la corrida de toros que comenzará en unos minutos. Nos dirigimos a una ladera desde donde se aprecia el espectáculo. Las calles están cercadas, marcando el trayecto. Pocos minutos después, se escucha un disparo que da inicio al evento. La multitud corre, seguida por los toros.
Cuando termina, vamos a una terraza a tomar cervezas. El ambiente es festivo: hay músicos y bandas en cada rincón. Más tarde, buscamos algo para cenar. Argos se retira temprano, pero yo me quedo tentado por la fiesta.
Entre la multitud, diviso una figura familiar: un personaje delgado, alto y melenudo, a quien ya había visto en los dos últimos albergues, e incluso con quien intercambié algunas palabras esta mañana mientras anclaba las alforjas con el equipaje a mi bici antes de salir. Me acerco a saludarlo y entablamos conversación. Jon Ander me cuenta, mientras caminamos atravesando el festival, que tiene 40 años y es de Bilbao. Esta no es la primera vez que hace el Camino, ya que pasa prácticamente por la puerta de su casa. Esta vez aprovechó sus vacaciones para lanzarse a recorrerlo una vez más.
Le comento que estoy considerando no dormir esta noche, ya que mi albergue cierra sus puertas a las 10 y la fiesta en este pueblo apenas está comenzando. El español me acompaña a preguntar por disponibilidad en otros albergues y hostales, pero, debido a los días festivos, están todos llenos.
Finalmente, tras una larga consideración, decido regresar. Una vez en mi habitación, me acomodo en la cama y veo el segundo tiempo de la Eurocopa. El partido termina con un resultado histórico: Alemania 5 – Escocia 1.










