Mi sueño es interrumpido a las 2 a.m. por el sonido de una banda móvil que llega a la calle del albergue. Me imagino que todo el albergue despertó, pero a mí no me importa. De hecho, disfruto el concierto inesperado que se ha armado fuera de mi ventana. El espectáculo nocturno dura unos 15 minutos y luego se van.
Vuelvo a despertarme a las 6 a.m. No me siento con mucha energía. El inicio del camino es duro, no por la ruta, sino porque me cuesta entrar en ritmo. Hago una pausa para desayunar en el primer pueblo que encuentro, mientras mi compañero se adelanta para no enfriarse.
Me tomo mi tiempo. Pido unos huevos, un jugo de naranja y un café. Justo lo que necesitaba para reponer energías. Dejo algunas sobras de pan para unos pájaros que revolotean cerca de mi mesa, agradeciendo su inesperada compañía.
Después, me subo de nuevo a la bicicleta. Antes de partir, le pregunto a la dueña del café por la dirección del Camino. Ella me señala la ruta y, con un tono casi mítico, dice: “Guiaros por los árboles”.
Ahora sí estoy listo para pedalear. Sigo el sendero entre los árboles hasta que, en determinado momento, me encuentro en un campo abierto que no se parece en nada al Camino. Me detengo y echo un vistazo a mi alrededor. A lo lejos, diviso una fina línea de árboles y las palabras de la señora resuenan en mi memoria. Inmediatamente modifico el trayecto y retomo el Camino.
Esta ruta es mi favorita hasta el momento. Pasamos por carreteras rurales, tramos con árboles y muchos pueblos. Comemos una cosa tras otra. De hecho, es el día más glotón hasta ahora. Los 55 kilómetros se sienten ligeros. El tramo final es una subida que culmina en un mirador con vista a la ciudad de León. Desde ahí, todo es bajada hasta el destino. Una vez más, pierdo de vista a Argos. No importa, ya estamos cerca y seguramente nos encontraremos en el albergue.
León es una ciudad grande. Ya en la zona urbana, transito por calles anchas y bien señalizadas, con una mezcla de caminos pavimentados y calles adoquinadas al acercarme al casco antiguo, donde se encuentra el hospedaje.
Llego al albergue y aún no hay rastro de mi compañero. Me registro y voy directo a darme una ducha. Al salir, me encuentro con Argos visiblemente alterado, discutiendo con otro peregrino. Parece haber una confusión con las camas, y ninguno de los dos habla el idioma del otro, lo que complica aún más la situación. Sin pensarlo, decido intervenir y actuar como intermediario, logrando resolver el problema.
Después de lavar la ropa, salimos a explorar el corazón histórico de la ciudad con Argos. Mientras paseamos por sus calles estrechas y adoquinadas, él me recomienda visitar la catedral de León. Decido echarle un vistazo, mientras él prefiere quedarse en una taberna para ver el partido de la Eurocopa.
Camino un par de cuadras hasta que, de repente, me encuentro frente a la imponente catedral. Su majestuosidad me deja sin palabras. Entro y paso un buen rato admirando su impresionante arquitectura gótica y los vitrales que bañan el interior con una luz casi mágica.
Al salir, para mi sorpresa, me cruzo con Jon Ander en la plaza. Nos detenemos a charlar, poniéndonos al día sobre nuestras experiencias en el Camino. Después, decidimos ir a buscar a Argos, que está viendo el partido en un pub irlandés cercano. Hoy juega España contra Croacia, y el ambiente promete ser emocionante.
Justo cuando entramos al pub, España marca el primer gol. Los gritos y aplausos llenan el lugar y, a los pocos minutos, llega el segundo tanto, desatando aún más euforia entre los presentes. El ánimo es festivo, las cervezas fluyen, y la emoción se extiende más allá de las paredes del pub.
El casco viejo, con sus intrincados callejones y bares animados, se transforma en un escenario vibrante de celebración. Las risas y los cánticos se mezclan con la energía que solo un partido ganado puede despertar. Además, varias despedidas de soltero recorren las calles, añadiendo disfraces extravagantes y un aire aún más festivo a la noche.
Más tarde, Argos decide irse a descansar, mientras yo me reúno con Jon Ander para tomar una caña. Terminamos en un bar que también sirve tapas. Allí pruebo unas croquetas anunciadas como “extremadamente” picantes; aunque no me resultan tan intensas, son ligeras y deliciosas.
Poco antes de las 10:30, hora en que cierran las puertas del albergue, me despido de mi amigo y salgo corriendo para evitar quedarme afuera. Por suerte, llego justo a tiempo.






