Día 6 – Los días encontrados

Salgo al patio del albergue y lo primero que encuentro es mi bici con la llanta pinchada. Mierda. Ya no tengo repuesto. Ahora sí toca parcharla. Mientras me organizo y comienzo a retirar la rueda, todos se han ido del albergue.

Le digo a Argos que puede adelantarse mientras arreglo la llanta, pero él decide quedarse a ayudarme, pero no sin antes reprocharme que debí haber hecho eso el mismo día que se pinchó, en lugar de irme de fiesta. Tras repararla, partimos. Es domingo. La ciudad está desértica.

No tengo mucha energía y arrancamos con una cuesta nada más salir de la ciudad. Por suerte, encontramos un café a los pocos kilómetros y paramos a desayunar. Justo lo que necesitaba. El trayecto transcurre con normalidad. Gran parte de la ruta es por carretera. Voy lento, pero constante. Argos se adelanta en repetidas ocasiones, pero eventualmente nos volvemos a encontrar. Tengo las piernas acalambradas, la entrepierna adolorida por el roce con el sillín y las puntas de los dedos entumecidas de tanto agarrar el manillar, pero el espíritu lo tengo intacto.

Argos vuelve a adelantarse. Me quedo solo en la carretera y pongo música. Llego a un pueblo con un impresionante puente de piedra. Lo atravieso mientras admiro el paisaje que parece sacado de otra época. Argos me llama para decirme que paró en un restaurante junto a una gasolinera. Lo alcanzo y tomamos una cerveza con unas tapas.

Empiezo a buscar pasajes de avión desde Santiago a Barcelona, ya que creo que me queda menos de una semana. Menciono que siento la entrepierna aún más adolorida y mi compañero, recordándome que no llevo la indumentaria adecuada para andar en bici, me sugiere comprar un paño de auto para amortiguar el impacto. Encontramos justo el ideal en la estación de servicio y, al salir para continuar camino, mi celular se apaga. No es la batería, porque la música sigue sonando en mis auriculares. La pantalla se queda negra y no responde. Esto parece grave. Nunca me había pasado. Ahora mismo, no hay nada que pueda hacer para arreglarlo, así que intento no darle mucha importancia.

En los últimos kilómetros, antes de llegar a la recta final, aparece una pendiente interminable. Pedaleo con las últimas fuerzas mientras intento, sin éxito, que el celular funcione. Empiezo a asumir que tendré que comprar uno nuevo al llegar. Un calvario mental, pero lo acepto. “Son cosas que pasan”, me digo.

Al llegar a la cima, paramos un rato para comer un bocadillo y encontramos unos árboles de guindas. Argos me dice que ya tenemos postre. Comemos algunas, solo las suficientes para evitar una indigestión, y continuamos camino.

Ahora toca la bajada. Gran bajada. Una pendiente magnífica. Antes, hacemos una parada en el mirador para tomar unas fotos. Luego seguimos. La pendiente es pronunciada y desciendo a gran velocidad. Mientras atravieso el pueblo, sigo presionando los botones del celular para ver si reacciona. Nada. Peor aún: de repente vibra fuertemente tres veces y suena una sirena como de policía, y luego se apaga. Ahora sí la cagué. O al menos eso pensaba.

Puteo un poco, pero ya no importa. Finalmente, llegamos al albergue y, justo al cruzar la puerta, la pantalla del celular se enciende como si nada hubiera pasado. Le digo a Argos que los planetas se alinearon de una forma peculiar ese día.

Entramos al hostel y estoy con todas las pilas. Allí conozco a Anette, de EE.UU. Nos ponemos a charlar y se ríe impresionada por cómo he llegado tan lejos con tan poca preparación.

Después de ducharme, Anette me dice que va a dar una vuelta por el monasterio con Carlos, otro amigo de EE.UU., y me invita a acompañarlos. A una cuadra del albergue, nos encontramos con Jon Ander, sentado en la plaza. Gran encuentro. Llamo a Argos para que se una. Mientras Anette y Carlos entran al monasterio, nosotros vamos a ver la Eurocopa a un bar.

Nos acomodamos en una mesa y vemos el partido mientras charlamos. Más tarde, se unen Carlos y Anette. Nos reímos con el humor regionalista. Jon Ander dice que los de Bilbao nacen donde quieren y Argos añade que Jesús no nació en Bilbao porque era humilde. Cada quien con su humor.

Me doy cuenta de cuánto aprecio a esta gente y lo afortunado que soy de haberlos encontrado. Las cosas pasan por algo. Más tarde, vamos a otro bar y Anette se va a cenar con sus amigas del Camino.

Hablando de mis planes, comento que ya me quedan pocos días y quiero llegar a Santiago. Jon Ander me dice que, si quiero lograrlo, tendré que hacer un promedio de 70 km diarios. Hasta ahora he hecho un máximo de 60 km, y además, se avecina la etapa más dura.

Cuando termina el partido, vamos los cuatro a cenar. Carlos cuenta que está haciendo el Camino gracias a una beca de su universidad. Los españoles no perdonan con los chistes. “Estamos perdiendo el tiempo. Hay que ir a estudiar a EE.UU. para que nos subvencionen el Camino”, dicen.

Volvemos al albergue. Después de que todos se van a dormir, yo me quedo en la sala para planear los últimos días de mi viaje y, charlando con los del alquiler de la bici, me doy cuenta que me queda una semana más de lo que pensaba. Estuve días pensando que mi viaje acababa este jueves. Me perdí totalmente en el tiempo. Me voy a dormir entusiasmado con la “noticia”, sabiendo que me puedo dar el tiempo para llegar a Santiago.

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