Hoy soy el último en despertar, ya que anoche me dormí más tarde de lo habitual por la emoción del gran descubrimiento sobre la confusión de fechas. La habitación de ocho camas ya está completamente vacía. Me levanto. Son las 6:30 a.m. Me lavo la cara y, al volver al cuarto, me encuentro con Argos. Le comento la gran noticia. Argos me mira con una expresión de “no sé cómo hiciste para llegar hasta aquí” y Carlos, que también está en el cuarto, escucha atónito y se ríe a carcajadas.
Me alisto rápido y reviso el pronóstico del tiempo. Hoy hay una alta probabilidad de lluvia. Solo por hoy, decido enviar mi equipaje con el servicio de transporte entre etapas. Después de eso, no tardo mucho en prepararme. Salimos a desayunar algo rápido en un café. Después, me quedo estirando mientras Argos se adelanta para ganar tiempo. Un poco más tarde sigo y, tras avanzar, me encuentro con Anette y Carlos, que están levantándose de la mesa después de desayunar. Me bajo de la bici y camino con ellos. Anette me dice que se moría de ganas de verme con mi vestimenta de ciclista no preparado, especialmente después de todo lo que le conté el día anterior. Se ríe mientras Carlos le recuerda mi gran noticia sobre la confusión con las fechas.
Nos despedimos por última vez y monto la bici. Argos ya se ha adelantado bastante, así que toca alcanzarlo.
Tengo claro que hoy será un día mayormente cuesta arriba, al menos hasta llegar a la Cruz de Hierro. Luego, una gran bajada. Pedaleo lento pero constante, como en los últimos días. A ratos me bajo de la bici para caminar y descansar. Pierdo de vista a Argos un par de veces, ya que él sigue adelante mientras yo me detengo a estirar o comer algo. En algún momento decidimos tomar caminos diferentes; él prefiere la carretera. Me adentro en el Camino y poco después me encuentro pedaleando junto a otro ciclista que me había prestado su inflador antes. Charlamos. Me cuenta que es de Cataluña y trabaja en un banco. La pendiente vuelve a hacerse más pronunciada cuando nos acercamos a la carretera. Le digo que voy a parar a caminar un poco para recuperarme, y él sigue adelante.
Empujo la bici junto a la carretera hasta que noto una nube de moscas sobre mi cabeza. El enjambre es tan denso que de inmediato subo a la bici para escapar. A los pocos minutos escucho una voz familiar:
—¡Eso es trampa, eh!
Miro a mi derecha y, entre los arbustos, diviso a Jon Ander en el camino de peregrinos, a unos 20 metros. No lo había visto en todo el día. De hecho, nos habíamos despedido el día anterior porque él partía más temprano y haría más distancia. Charlamos un poco mientras pedaleamos. Me dice que vio a Argos un poco más atrás. Después, la conversación se diluye de forma natural cuando nuestros caminos vuelven a separarse.
Un poco más adelante llego al último pueblo antes de la Cruz de Hierro. Me detengo a comprar barras de energía. Al salir de la tienda, veo a Argos llegando. Me pregunta si quiero parar a tomar una caña o comer algo, pero le digo que sigamos y paremos en el siguiente pueblo. Solo faltan dos kilómetros para la cima.
Pedaleamos y, a medio camino, Argos recibe una llamada. Se detiene, pero yo sigo para no perder el ritmo. Al cabo de un rato, entre la neblina, comienza a aparecer una gran estructura. Es la Cruz de Hierro. Mientras me acerco, escucho el sonido de un ukelele y alguien cantando Somewhere Over The Rainbow. Algunos peregrinos están sentados contemplando la cruz. Al llegar, veo montones de piedras con mensajes escritos apiladas junto a la base.
Escucho de nuevo la voz de Jon Ander saludándome desde el otro lado de la carretera. Charlamos mientras llega Argos. Foto por aquí, foto por allá, y seguimos. Primero Argos, luego Jon Ander y, finalmente, yo.
Ahora viene la parte divertida: una bajada larga y pronunciada. En algún momento, subiendo una cuesta, me bajo de la bici y vuelvo a escuchar a Jon Ander:
—¡Súbete a la bici, Sergio!
Viene otra bajada, así que vuelvo a pedalear. La pendiente es fuerte y voy rápido. Unos minutos después, mientras atravieso un pueblo, veo la bici de Argos aparcada afuera de un bar. Entro y lo encuentro con una caña en mano. Lo acompaño con otra y un sándwich de lomo con pimientos. Al poco rato, aparece Jon Ander. Charlamos y nos despedimos por tercera y última vez.
Seguimos el descenso con Argos a toda velocidad y llegamos a un pueblo llamado Molino Seco. Nos detenemos brevemente y continuamos los últimos kilómetros hasta Ponferrada.
Ponferrada, la ciudad de los templarios. Nos quedamos en un hotel con garaje para bicicletas en el sótano. La habitación es cómoda. Me ducho y salgo a pasear por la ciudad. El cielo está nublado y hay poca gente en las calles. Visito el castillo templario, camino por el casco viejo mientras escucho música medieval en el celular.
Más tarde, me encuentro con Argos para tomar unas cañas. Pedimos a la dueña del bar que ponga la Eurocopa. Ella accede y pasa varios minutos balanceándose sobre los taburetes, intentando encender la TV. Finalmente lo logra y nos invita unas tapas.
Hoy fue un día intenso, como todos, pero a la vez único, como todos. Pienso que el Camino es como la vida y que cada quien lo toma a su manera. Y así como en la vida, a lo largo del camino te vas encontrando con personas que ya viste antes y haces nuevas amistades. El hecho de que Jon Ander aparezca entre los arbustos y me de palabras de motivación y luego se pierda nuevamente entre los arbustos. Parece simple, pero me rompe la cabeza darme cuenta que las cosas llegan en su momento justo.
Aún tengo las puntas de los dedos adormecidas.









