Día 8 – La tormenta

Hoy se pronostica lluvia durante todo el día. Despertamos temprano, como ya es habitual, y bajamos a desayunar. Es un desayuno continental, así que me sirvo todo lo que veo sin medir las consecuencias. Al terminar, estoy bastante lleno, contento y con un largo camino por delante. La lluvia no da señales de detenerse y dudo entre salir o tomarme un día de descanso. Argos quiere salir de inmediato. Le digo que me espere 10 minutos mientras subo a la habitación a alistar mis cosas. Cuando bajo, lo encuentro con toda su indumentaria impermeable, listo para partir. Yo, aún dubitativo, le sugiero esperar un poco a que pase la lluvia, pero me responde que no va a parar, que es solo agua y no ácido sulfúrico.

Tomo fuerzas y saco mi bici a la calzada. Nos tomamos unas fotos y partimos. Argos se adelanta y yo me detengo en la primera cuadra para ajustar mi poncho, que estaba suelto. Para cuando vuelvo a subirme a la bici, ya he perdido de vista a Argos. Se me cruza el pensamiento de que tal vez no lo vuelva a ver, ya que él planeaba avanzar más ese día.

Lo primero es encontrar la salida de la ciudad. La lluvia no ayuda. Tras un par de cuadras, ya estoy empapado. Le pido direcciones a un señor. Me indica el camino y sigo. Paso por una plaza y veo que los aspersores automáticos están funcionando, en plena tormenta. Valga la redundancia. Puede que haya sido un presagio de lo que pasaría unos minutos después.

Encuentro a otro señor y me detengo para preguntarle si estoy en el camino correcto. Me responde con vueltas y contradicciones.

—Puedes ir por aquí… No, mejor por allá… No, por aquí.

La lluvia no cesa y el señor no me da respuestas claras. Me veo atrapado en su monólogo mientras espero una pausa para agradecerle y seguir adelante.

—¡Espera! —grita cuando ya me he alejado una cuadra—. ¡Mejor por allá!

Pedaleo unas cuadras y empiezo a ver peregrinos, lo que confirma que voy por el camino correcto. El paisaje es pintoresco. A pesar de la lluvia, disfruto de la vista de los pueblos. Avanzo un poco más y me detengo en un pasaje arbolado. Justo en ese momento, me llama Argos. Me dice que ya está en un pueblo mucho más adelante, que tomó la carretera nacional, es decir, otra ruta. Me doy cuenta de que probablemente no lo vuelva a ver en el Camino.

Sigo con calma y me encuentro con una pradera. Me bajo de la bici para descansar un poco durante la subida. Me doy cuenta que ya había parado de llover y me veo caminando al lado de una mujer con quien surge una conversación espontánea. Es australiana pero creció en Uruguay, así que habla español perfectamente.

—¿Ya viste dónde estamos? —me pregunta.

Levanto la vista y veo un paisaje hermoso, con plantaciones extensas y cerros cubiertos parcialmente por nubes. Se ofrece a tomarme una foto y luego yo le tomo una. Al rato aparece una amiga suya y se quedan tomándose fotos. Me despido de ellas y sigo.

Es ahí cuando me doy cuenta que la pendiente está por llegar a su fin y que es tiempo de subir a la bici de nuevo. En eso aparece volando frente mío una urraca, que atraviesa el camino y marca el fin de la cuesta arriba, revelando la añorada bajada que se avecina. Pienso que es la primera vez que veo a una urraca en todo el camino, y justo hace poco leí que las urracas traen buen augurio y que están asociadas con la buena suerte. La luz está suave, como en un sueño. Al fondo del paisaje diviso un pueblo. El momento no puede ser más perfecto. Dejo de pedalear y me dejo llevar por el sublime descenso.

Más adelante, Argos me llama de nuevo. Está aún más lejos. Decido revisar el mapa. Creo haber avanzado la mitad de la etapa, pero descubro que me faltan 35 km. Desde que salí del hotel, estaba convencido de que la etapa era de 30 km. No importa, el día está hermoso.

Cruzo pueblos y paisajes y, en algún punto, hago una pausa junto a un árbol de guindas. Me recuerda a mi madre, que hornea pasteles con ellas. La extraño. Sigo mi camino. El recorrido está mayormente asfaltado, con algunos tramos de tierra. Me quito el poncho y el abrigo, decidido a no parar más hasta llegar. Pensé en tomar una caña, pero sin Argos no tiene sentido. Además, quiero llegar a Las Herrerías antes de que vuelva a llover.

Llego al pueblo a la una de la tarde. Encuentro un albergue y pregunto por disponibilidad. Me dicen que abre en media hora, así que decido ir a almorzar. Para mi sorpresa, encuentro a Argos tomando sangría. Doy un salto de emoción.

—¡Pensé que no te volvería a ver!

—Me pasó de todo —responde, sonriente—. Se me apagó el celular, me perdí…

Charlamos y me convence de seguir hasta O Cebreiro, que está a 8 km cuesta arriba. Aunque pensaba quedarme, decido continuar.

Argos se adelanta, ya que yo aún quiero comer algo antes de partir. Voy a un restaurante, donde me sirven un plato digno de un documental. La entrada es una tabla de embutidos de la casa con un pan increíble. El segundo, un filete de lomo con papas y pimentón. Y de postre, un budín. Todo eso acompañado de una jarra del mejor vino que he probado hasta ahora en el Camino.

Al rato, aparecen los del servicio de alquiler para recoger la bicicleta, como habíamos acordado. Charlamos un rato, luego guardan la bici en su furgoneta y nos despedimos.

A partir de ese punto, soy un peregrino más. Guardo todas mis cosas en la mochila de laptop, que ya está al 110 % de su capacidad. Me pongo el poncho para la lluvia y emprendo camino. El tramo es una subida inclinada por un sendero de tierra y rocas. Gran momento para probar mis zapatos de ciudad, no aptos para expediciones.

Veo el mapa y marca dos horas y media hasta O Cebreiro. Comienzo a subir y siento un músculo nuevo que empieza a trabajar. Aunque he caminado mucho en mi vida, me doy cuenta de que esto será diferente. Llevo peso extra y aún me quedan un par de cientos de kilómetros por delante.

Pienso en el traje de baño que traigo empacado, que había llevado para darme un chapuzón de vez en cuando en la costa del Camino del Norte, que originalmente planeaba hacer. Siento cada prenda de ropa, cada barra de cereal y cada elemento en mi mochila. Me mentalizo en que el resto del recorrido será así.

Físicamente me siento bien. Llevo el espíritu y la frente en alto. Soy imparable. Llego a un punto donde el camino se divide en dos: una ruta es para bicicletas y la otra para caminantes. Tomo la segunda y, en ese momento, me declaro oficialmente un peregrino.

Camino durante una hora por un bosque cuesta arriba y llego a un pueblo. Recargo agua y me encuentro con una persona sentada en la vereda. Entablamos conversación y le cuento un poco de mi historia. Sorprendida, me dice que los zapatos que llevo no son para caminar.

—Lo sé —respondo—, pero hoy pondré a prueba mi preparación… o la falta de ella.

Nos deseamos un “buen Camino” y continúo con el trayecto.

Me falta una hora y media para llegar a O Cebreiro. El día está despejado. Camino por la ladera de una montaña cuando empiezo a oír campanas que reverberan al unísono. Miro alrededor y veo una manada de vacas junto a un pastor. Las campanas en sus cuellos generan una sinfonía única, que parece la introducción de un disco progresivo.

A medida que continúo subiendo, el cielo se oscurece. Me encuentro con una piedra que marca el límite entre León y Galicia. Las nubes empiezan a cubrir los cerros. Veo que se pronostica lluvia en media hora, justo el tiempo que me falta para llegar.

El tramo final es un túnel de árboles, con un muro de piedra a la derecha y un precipicio a la izquierda. Me sumerjo en la oscuridad del paisaje, cuyo final marca el inicio del pueblo. Ya llegué.

De repente, me veo entre las nubes, en un sitio lleno de casas de piedra y techos de paja. Me dirijo al hotel que mencionó mi amigo y me alegro al verlo nuevamente. Esta es la habitación más lujosa que he tenido hasta ahora en el Camino.

Me doy una ducha y percibo un cansancio diferente en el cuerpo. Ya no me duele la entrepierna; ahora son los pies los que se resienten un poco, pero nada del otro mundo. Estoy cansado, pero feliz de haber llegado.

Tras un breve descanso, vamos al restaurante del hotel con Argos para tomar unas cañas y celebrar con una cena de despedida, ya que mañana cada quien seguirá por su propio camino.

Tomamos sopa de ajo y yo pido un filete de lomo. Después pedimos un chupito de aguardiente, típico de la región. Brindamos y yo lo tomo de un trago, mientras Argos apenas da un sorbo y me mira sorprendido.

—¿Todos toman así en Bolivia? —pregunta.

Nos reímos. Charlamos un rato más y luego nos vamos a descansar.

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