La mañana envuelve al pueblo con una densa niebla. Desayunamos en el café del hotel y luego me despido por última vez de Argos. Ahora cada quien emprende un camino distinto. Estoy por mi cuenta, en el mundo de los peregrinos.
Salgo sin prisa. Todos han partido temprano. Camino lento, en busca de las flechas amarillas que marcan el camino. En eso, aparece un peregrino caminando entre la bruma y me señala la dirección. Vamos charlando. Me dice que viene de Brasil y que está haciendo el Camino para combatir la ansiedad. El pueblo se acaba y nos encontramos atravesando el denso bosque que resguarda al pueblo de las montañas. Oliver, el brasileño, opta por detenerse a descansar. Le deseo un buen Camino y continúo. A los pocos pasos, me adelanta una chica alta, casi de mi estatura, con el cabello rubio, que lleva un ritmo acelerado.
Siento que ahora el Camino es diferente. Estoy rodeado de peregrinos y camino a un ritmo distinto al de ayer con Argos. Siento que estoy empezando de cero, activando músculos que hasta ahora no había usado, especialmente en los trayectos de bajada. Poco a poco, desaparecen las marcas acumuladas por tanto andar en bici. La entrepierna ya casi no me duele y los cuádriceps, bien marcados, pasan a segundo plano.
Veo pasar a los ciclistas y recuerdo la travesía vivida con Argos, y lo mucho que aprendí a su lado. Camino unas dos horas más y, tras una pendiente que me hace quitarme el abrigo, decido descansar. Los pies me duelen terriblemente. Compro un helado y me siento en la mesa de una tienda.
El siguiente tramo es más llevadero. Mis músculos ya están activados. No sé si fue hoy, pero me cruzo con un hombre a quien saludo en gallego. Él me responde jovialmente y, pensando que nací ayer, me “enseña” una frase en gallego y me dice que se la repita a la siguiente persona que vea. No entiendo la frase, porque no hablo gallego, pero estoy seguro de que escuché un “carajo” entrelazado.
El día avanza. Saludo a unas señoras canadienses y luego a otras estadounidenses, con quienes charlo un poco. Falta poco para llegar al siguiente pueblo. Me detengo a contemplar unas vacas. Les saco fotos y continúo hasta que me encuentro caminando junto a una chica. Es de China y apenas habla inglés, así que nos comunicamos por señas. Más adelante, se une a la conversación la misma chica rubia y alta que me adelantó más temprano, manteniendo su ritmo acelerado. Me cuenta, mientras entramos al pueblo, que es de Dinamarca y que está haciendo el Camino porque acaba de graduarse de la universidad.
Llegamos a Triacastela. Nos despedimos y voy en busca de un restaurante para almorzar. Pido el menú del peregrino. Como entrante, me sirven una olla de caldo gallego con un cucharón y un plato. Es una porción generosa, pero no voy a dejar sobras y faltar el respeto a los locales. Me sirvo tres o cuatro platos hasta que finalmente la acabo, dejando apenas espacio para el segundo. Días después, aprendería que no se espera que una persona se termine toda la olla.
El postre es una tarta de queso con miel de O Cebreiro. Al levantarme para pagar, me doy cuenta de que mis piernas están al límite. Siento músculos que no sabía que tenía. Pensaba seguir avanzando, pero creo que no será factible.
Encuentro un albergue bien valorado. Dejo mis cosas en la habitación y me siento en la cama, soltando un profundo suspiro. Un señor, desde su cama al otro lado de la habitación, me dice con marcado acento inglés:
—Día largo, ¿eh?
Le respondo que sí, que fue intenso. Charlamos un rato y me dice que quiere ir a comer algo. Yo quiero ver el partido, así que vamos al mismo restaurante donde almorcé.
El resto del día lo paso caminando por el pueblo, cuya calma es casi sagrada. Paso por una iglesia con un cementerio y me detengo a contemplarla. Regreso al albergue con los últimos rayos de luz. Paso por el restaurante de un hostal y, a través de la ventana, veo a la danesa conversando con un grupo.
Pienso en cómo influye cada pequeña decisión que tomo en el transcurso del viaje. Si hubiera elegido ese hotel, probablemente estaría en esa mesa, pero no habría conocido a Gary, el inglés, con quien al día siguiente tendría una caminata épica.
Empieza a lloviznar, así que apuro el paso para levantar la ropa que dejé colgada en la terraza.









