Epílogo

A pesar de no tenerlo bien planeado, de rentar la bici por un número aleatorio de días, de hacer un cálculo arbitrario sobre dónde empezar y de “perder” el primer día por iniciar en el Camino equivocado. A pesar de partir bastante tarde el segundo día por tomar un tren hacia Pamplona y terminar en Burgos, las cosas se dieron de una manera u otra.

Tuve la suerte de conocer a Argos en los primeros días, ya que me salvó el pellejo en repetidas ocasiones: desde enseñarme a cambiar una llanta pinchada hasta mostrarme rutas alternativas específicas para bicicletas. Jon Ander, que me daba ánimos desde las montañas en la interminable subida a la cruz de hierro. La dueña del albergue en Frómista, que me prestó una cobija porque no había llevado saco de dormir. Gary que, además de acompañarme en la travesía a Sarria, me prestó su palo para caminar y me dio el soporte que necesitaba ese día. Las señoras con quienes compartí habitación en Portomarín, que me salvaron de terminar en el hospital al evitar que me arrancara un parche de la ampolla. Los canadienses, que me acompañaron el día que estaba con más dolor, con una charla tan envolvente que olvidé por completo la ampolla en mi pie.

Ni hablar de Lora, que me acompañó en los últimos kilómetros del día más largo y me guió incontables veces a lo largo del Camino para que no me perdiera.

Confié mucho en las personas, pero sobre todo confié en mí y en mi cuerpo, que demostró fortaleza en todo momento y se adaptó al ritmo de las ambiciones de mi espíritu, cambiando por completo su rutina de un día para otro.

En fin, llegué en justo 15 días, como lo tenía planeado, sin haberlo planeado.

El pasaporte peregrino

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