Las moscas

Algo que noté en esta casa del sur de Francia en la que habito es que hay una considerable cantidad de moscas. En cada habitación hay, por lo menos, dos moscas dando vueltas. Me dijeron que es porque hace poco pasaron rebaños de cientos de ovejas por la zona. Algo que no sabía sobre las moscas es que duermen por la noche y, por la mañana, despiertan con el primer rayo de luz. Así que, cada día sin falta, alrededor de las 7:00 a. m., despertaba con el zumbido de las moscas que venían a joder.

Empecé a encontrarle el gusto a levantarme temprano. Las mañanas eran frescas, ideales para hacer ejercicio, salir a andar en bici o, simplemente, contemplar las montañas desde la paz y la tranquilidad.

Una tarde, mientras me duchaba, vi en el techo a una araña de patas largas intentando cazar a un mosquito, también de patas largas. Se acercó lentamente, pero cuando saltó para atraparlo, el mosquito reaccionó a tiempo y logró escapar de su depredadora. Pensé en lo mucho que me gustaría invitar a esa araña a mi cuarto para que se diera un banquete cada mañana. Luego noté que en su telaraña había unos bebés arácnidos. ¡Esa araña era mamá!

La siguiente vez que me duché, encontré al mismo mosquito de patas largas atrapado en la red, y a los bebés araña un poco más grandes.

Un día, las moscas no me despertaron. Me desperté solo, a las 7:00 a. m. Esperé unos minutos y nada: ni un solo díptero a la vista. Me levanté de todos modos. Me di cuenta de que las moscas me habían condicionado, cual rata de laboratorio.

Al día siguiente volvieron, pero ya no me molestaban. De hecho, a veces me levantaba antes que ellas. Bajaba a la cocina a preparar mi desayuno con total calma, ya que era de los primeros de la casa en despertar. En esos días no tenía trabajo, así que transitaba sin prisa.

Ya estaba acostumbrado a convivir con las moscas, hasta que, un buen día, desaparecieron sin dejar rastro. Fue una mañana en que lo noté, cuando me desperté cerca de las 9. Ya no me era normal dormir hasta tan tarde, pero las noches anteriores había tenido insomnio, así que realmente necesitaba unas horas extra de sueño. Me levanté y bajé a la acaudalada cocina para preparar el desayuno.


No volví a ver más moscas. Incluso llegué a creer que las extrañaba. Mis días en esa casa estaban llegando a su fin, y pronto me tocaría emprender viaje de nuevo. Tuve tan solo un par más de mañanas silenciosas y luego, como las moscas, yo también me fui.

Yo no era el único afectado por las moscas

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