El río

Este año volví a Briançon, una pequeña ciudad situada en un valle en los Alpes franceses donde me había hospedado por un par de semanas el verano pasado. Esta población, que reposa entre grandes montañas y fuertes medievales, respira un aire místico, casi onírico. 

Cuando llegué aquí el año pasado, entablé amistad con Pablo, un español que también se hospedaba en la misma casa. Nos hicimos la costumbre casi cotidiana de ir al río por un cold dip (chapuzón helado) para luego quedarnos horas charlando y meditando sobre una roca mientras nos secábamos al sol como lagartos. Aquellos días transcurrían sin prisas ni preocupaciones, como si estuvieran dilatados por el calor del verano.

Este año también coincidí con Pablo, pero las cosas se dieron de una manera distinta. La comunidad en la casa no estaba tan unida. La vibra en general era diferente y, por alguna razón, eran contadas las ocasiones que lográbamos coincidir para ir al río.

Un día hubo una tormenta, y desde entonces el cristalino río se tornó opaco y marrón, cosa que nos desalentó de visitarlo. Imaginamos que mejoraría en un día o dos, pero tomó más que eso. En toda la semana, el agua apenas aclaró un poco.

Un viernes, Pablo viene y me confiesa que no se ha estado sintiendo bien. Los motivos son varios: cuestiones personales, asuntos de la comunidad en la casa con los que no terminaba de encajar y otras cosas más. También me dice que no entiende por qué este año no hemos ido tanto al río, incluso cuando el agua aún estaba limpia. Finalmente, me revela que decidió partir antes de tiempo y que se irá el lunes.

Quedo impactado ante semejante declaración, pero entiendo su decisión. Agrego que estos días he estado observando el río de cerca y que su aspecto parece ir a la par con la situación: opaco en los peores días y un poco más claro en los mejores. Puede que sea solo una idea mía, pero de alguna manera sé que no cambiará hasta que lo resolvamos.

Al día siguiente acordamos en ir por un cold dip. Yo tenía pensado ir a escalar, pero me pareció importante hacer un cambio de planes y acompañar a mi amigo antes de su prematura partida. El camino era el habitual, salir de la casa y pasar por las puertas que dividen el casco antiguo, pasar por un parqueo y entrar en un bosque para descender hasta un área verde con un pequeño lago, luego caminar junto al río hasta pasar un parque de aventura y continuar un poco más hasta llegar hasta nuestro lugar habitual, que era una pequeña playa junto a una porción del río con pocas rocas, ideal para nadar. Sin embargo, al finalizar el parque nos encontramos con unas barreras bloqueando el camino con un anuncio policial que prohibe continuar por el camino por riesgo de rocas sueltas.

En este punto, volver a casa no es una opción, así que decidimos bajar al río ahí mismo. Esa parte del caudal no es particularmente óptima para nadar: hay muchas rocas y una fuerte corriente. Optamos por caminar en contra de la corriente hasta llegar al lugar de siempre. Pablo se pone sus crocs y yo los escarpines (zapatillas de agua) que compré cuando viajé a la Costa Brava. 

Entre pasos medidos y cuidadosos llegamos a la pequeña playa. Dejamos las mochilas y me preparo para el cold dip, cuando, de repente, Pablo, contemplando el horizonte, me pregunta qué hay más allá. Le respondo que no lo sé. Allá arriba está el puente de piedra y, más adelante, lo incierto. Entonces, de la forma más natural, nos encontramos levantando las mochilas y continuando el camino río arriba, como si algo nos estuviera llamando. Pasamos por el acantilado bajo el gran puente, como si fuese un portal. En ese momento, Pablo divisa un tronco atrapado entre unas rocas al otro lado del caudal. Cruza hasta allí, lo libera en la corriente y afirma que esa energía estaba atascada.

Continuamos con pasos lentos, pero constantes. La fuerza del afluente y las piedras en el suelo no nos permiten avanzar de otra manera. El camino fluvial es arduo, pero debemos seguir. Hacemos camino por donde podemos hasta que finalmente llegamos a un lugar en el río donde encontramos una gran roca al medio y un área despejada ideal para nadar. Este es el lugar. Dejamos las mochilas nuevamente y sentamos base. Pablo se va a la roca para meditar en los rayos de sol, mientras yo me dirijo al agua que me invita para darme el tan esperado chapuzón. Voy lento. Me tomo mi tiempo, y después me sumerjo. Me quedo un rato en comunión con el caudal.

Al cabo de un rato salgo del agua e intercambiamos lugares. Yo voy a la roca, mientras Pablo busca el área ideal para darse el cold dip. Me quedo sentado en la roca, recibiendo los pocos rayos de sol que permitía pasar el cañón, escuchando el agua pasar a mi alrededor. 

Podríamos seguir, pero ya casi se va el día y el hambre se hace presente. No es sorpresa, ya que hoy solo habíamos desayunado y no preparamos comida para la espontánea travesía. Ya es hora de volver, así que emprendemos el camino de vuelta. Ahora vamos más rápido. Tal vez porque avanzamos con la corriente, o tal vez porque vamos más ligeros. 

Llegamos a la pequeña playa de siempre, nos ponemos zapatillas, empacamos nuestras cosas y salimos por el sendero. Llegamos a la parte de las barreras policiales y esta vez solamente las bordeamos para salir, mientras unos transeúntes nos observan del otro lado. Más adelante, cuando toca pasar por un puente y ver el río por última vez antes de continuar, noto algo impresionante. El agua está cristalina nuevamente. En tan solo un par de horas pasó lo que no pasó en semanas. El río se había limpiado. Atónito, le comento a Pablo que lo logramos, quien me mira y asiente.

Me despido del caudal y nos adentramos en el sendero boscoso, mientras pienso que tal vez ese río solo existe adentro. Que cada quien lo ve como quiere verlo. Algunos lo ven transparente y otros lo ven oscuro. Para otros, quizá el río no existe. Le doy un par de vueltas, pero tampoco tantas. Aquél sábado purificamos el río de Briançon.

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