Pensamientos intrusivos

Estos días habito una ciudad tranquila al este de Francia. Excepcionalmente segura. La gente deja sus cosas afuera, no utiliza candados en los casilleros, no se preocupa por asegurar sus puertas. Aquí no pasa nada. Nada raro. Es lo que uno esperaría de un lugar como este. 

El otro día pasé por la estación de policía y noté algo: una taza de café en la ventana, junto a un cenicero. El patrullero estacionado al costado. Se me vino a la mente la rutina de aquellos policías. Cada mañana en la estación, sin nada que hacer, sin crímenes que resolver. Salen a fumarse un cigarrillo y a tomar un café. ¿Será ese el highlight del día?

De repente me invadieron pensamientos intrusivos. ¿Qué pasaría si tomo esa taza? Simplemente la hago desaparecer. No por necesidad, ni por maldad. Al contrario, tal vez sería una novedad. Un nuevo caso que resolver. Algo para hacer. Quizás se emocionarían tanto que armarían toda una investigación. Desempolvarían los archivos. Llegarían a casa en la noche para contarles lo sucedido a sus familias. Tal vez les daría un motivo para levantarse a la mañana siguiente. Un nuevo misterio en Briançon. Quizás yo sería el villano que esta ciudad necesita. Como Batman en la saga de Nolan. ¿Y qué pasaría si, después de algunos días, volviera a dejar la taza en su lugar? El caso pasaría a la historia como el mayor misterio de esta ciudad en la última década.

Me quedé mirando fijamente la taza. Evaluando mis opciones de escape. El plan era perfecto. Todo tan casual. ¿Lo hago? ¿O no?… ¿O sí?

El viento es el único testigo. Hay cosas que no se hacen y a veces es mejor pedir perdón que pedir permiso. Bien lo entenderían. Pronto me iré, y la taza también.

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